Recuerdo muchas tardes del fin de semana mis hermanos y yo sentados con mi padre en el suelo del salón. Aquellos momentos eran especiales porque podíamos compartir con él unas cuantas horas jugando a videojuegos. Esos videojuegos no eran un shooter ni tampoco un plataformas, esos le resultaban demasiado complicados de manejar, así que jugábamos a juegos de golf (Hole in One), billar (Konami’s Billiards) y pinball (Thunder Ball) principalmente, aunque a veces también se atrevía a echar unas partidas a mi queridísimo Krakout.
Sin duda era fantástico ese momento de disfrutar con mi padre a nuestro lado del MSX. No hay que olvidar que la compra de este ordenador fue una apuesta personal suya. Y estando todos juntos compartíamos una afición en común. Estos momentos de diversión coincidían además el fin de semana porque el resto de la semana mi padre estaba fuera de casa trabajando, como se suele decir, de sol a sol y apenas lo veíamos.
Cuando jugábamos, mi padre intentaba demostrarnos que era buen jugador, mejor que nosotros, pero la mayoría de las veces no lo conseguía. Daba igual, lo importante aquí no era quien ganaba, lo importante era el tiempo de diversión y alegría que unos hijos compartían junto a su padre.

Tener unos buenos recuerdos de infancia con el MSX es terapia para hoy en día… Y si además esas felices experiencias fueron con tus padres, se convierte en un bálsamo de perenne felicidad.